Apatía

Hoy me levanté cerca de las nueve de la mañana. Me vestí muy rápido y fui a la recepción a solicitar mi checkout, informándole a la recepcionista que no me habían despertado y que sospechaba que no me habían despertado y, subsecuentemente, había perdido (o, como no me acordaba de mi itinerario, estaba por perder) mi vuelo. Fui al Business Center para confirmar mis sospechas; sin embargo, cuando volví, la señorita me notificó que su compañero ’sí me había hablado’ — apuntando a un bloc de hojas donde había unos cuadritos tachados. Le pregunté si sabía si habían intentado más de una vez hablarme a la habitación. Ella aseguró que, como estaba tachado, seguramente su compañero si lo intentó. Me dijo que no había nada que pudiera hacer por reembolsarme o por reponerme una estancia. Me di cuenta que estaba perdiendo decisivos segundos de mi tiempo y que hablarle al gerente tomaría más. Tomé la factura de mi estancia y me retiré solicitando transportación a un taxista. Arribé al aeropuerto a las nueve y cuarto, expliqué mi situación a la señorita en el mostrador de Volaris; aunque a mi si me aparecía en Internet un vuelo más pronto, me dijo había otro hasta las nueve veinte de la noche y que no podían hacer algo al respecto de mi vuelo perdido. Sin haber desayunado, con la computadora recién formateada — prefiero el término castrada — por la gente de soporte técnico (sin todas las funciones y aplicaciones de las que dependía… inclusive sin Macromedia Flash), con la batería del celular terminándose y con un cargo de $1,170 pesos adicionales a la tarjeta de crédito… me fui con la cola entre las patas a buscar un sitio donde conectar mi laptop, revisar correos del trabajo, avisar a mis amigos que no podría ir a jugar en el partido de soccer del día de hoy, cancelar una cita con una amiga y — subsecuentemente — poder vertir mi apatía en un párrafo largo y sin sentido. Mierda.