Pues, que me pongo a revisar — en retrospectiva — mis prioridades, objetivos y demás cosas desde hace un año y feria. En abril de dosmilsiete, cuando comencé a trabajar, pesaba ciento siete kilogramos. Pasó el tiempo y hace poco más de diez meses comencé una relación en la cual la principal forma de afecto involucraba el trueque de chocolates. Después, por motivación propia, decidí bajar de peso. No sé cuanto llegue a pesar, pero recuerdo que se sustituyó la moneda de cambio en la relación por hojas de lechuga; terminó la relación, pero el hábito del ejercicio continuó.
Migré de frontenis a correr carreras de cinco kilómetros, de correr al gimnasio — principalmente la elíptica, de la elíptica a correr al parque, del parque a andar en bicicleta de montaña… y, finalmente, de la bicicleta al box francés — savate. En esta última actividad, he bajado la mayor cantidad de kilos.
Peso ochentaisiete kilos. El único efecto secundario nocivo para mi bienestar — particularmente el de mi codo — es que he reducido mis tallas a pasos agigantados. De talla cuarenta en pantalones estoy en talla treintaicuatro… y bajando…
Me veo en el espejo y me siento contento con lo que veo, pero me doy cuenta que — aunque llegué a mi meta de pesar menos de noventa — todavía me falta; mido — dependiendo de la regla — desde un metro setentaiocho hasta los ochentaiún centímetros. Creo que tengo que llegar a los ochenta.